Urgencia

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Hace rato que quiero hacer un post del Hospital de EL Salvador, hoy Clínica San Lorenzo, pero por más que busco y re-reviso los andinos de principios de los 60´s, no encuentro la fecha exacta de su inauguración. No se si no está justamente El Andino que dio cuenta del hecho…o simplemente no lo cubrieron los reporteros de la época, lo que en verdad sería bastante extraño por la importancia que conllevó dicha inauguración…

En fin, no llueve pero gotea y de a poco he ido mostrando este gran edificio.

Cuando yo era chico (es debiera ser ya el tagline de esta sección), la entrada a Urgencia era por la puerta que aparece en la foto, la que daba paso a una pequeña sala de espera de no más de 2 x 1,8 mts…chiquita y helada, siempre muy fría. Ahí también había una escalera que daba al segundo piso, en donde recuerdo que llevaban a mi hermana para hacerle electroencefalogramas…y yo me quedaba esperando afuera…aburridísimo (excepto por aquella vez que me encontré con otros niños que jugaban entre los árboles y me engatusaron para que los acompañara a buscar unas cañas…pero de eso hablaré otro día).

De lo que sí les contaré, es de aquella vez que sintiéndome enfermo mi papá me tuvo que llevar a urgencia (a lo que yo siempre fui bastante reticente…por no decir mariconazo). El tema es que me vió el practicante (como llamaban a los auxiliares paramédicos en esos tiempos) y después el doctor de turno. Tras revisarme la garganta y “escucharme el pecho y la espalda” me dijo: “Ya, súbase a la camilla, acuéstese de guatita y bájese los pantalones, le vamos a poner una inyección”. Horror de los horrores, yo le tenía pánico a las agujas. Sudando frio, hice justamente lo opuesto, me afirme los pantalones mierda y salí arrancando y me fui a refugiar al auto (con los seguros puesto, pues obviamente saldrían todos a buscarme y a la fuerza me obligarían a ponerme la maldita inyección).

Después de un rato y cuando ya me había dado cuenta de lo patético de mi actuar, veo salir a mi papá por la puerta de urgencia, venía solo, buena señal, y traía en sus manos la bolsita café de los remedios…fiuuuu, me había salvado. Claro que fue él quien se tuvo que quedar a dar explicaciones al doctor y al practicante “es que a mi hijo le dan miedo las inyecciones” les dijo, entre divertido y enojado.

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